Ya no enhebras miradas en los cafés
ni lees las últimas líneas de mis libros.
Tú me llamas y yo respondo:
«Resbalen las horas entre los dedos…»
Caía de tus ojos polvo de oro,
arena de otro mundo.
Ahora moras en el viento
y trinan en mi pecho
todos tus pájaros
volviéndose rosas
y hablando de los hombres que amamos.
Quisiera huir, irme
con otra danza
a la orilla de tu pecho,
donde el viento ha aprendido a besar
y algunas lágrimas
cuajan sobre el lago…
Y ser tu fardo
y tu quinqué
y tu colmena
y aquellos nueve surcos de alubias
y el rumor de la cañada.
Pero todo se desvanece y tú
pisas siempre la misma piedra
(como un viejo animal agonizante
aparece tu cuerpo
buscando la otra orilla;
maldiciendo el artificio de la eternidad).
Y tropiezas y caes
y lloras el azul
desde el rompiente del alba
hasta la última luz.
Y en este desaliento
dices: «No me canses más.»
Una celosía infinita se abre,
brilla el olvido.
Viene de la noche un mirlo de pico teñido
y grandes alas.
Cruza un cerro, un páramo.
Gira, grita. Da vueltas como el frío.
Las últimas palabras de la tarde
se mueven como leche en la tinaja.
Un candelabro antiguo como el sol
luce al margen de las conversaciones...
(Tú orabas hacia la luz, tranquilo,
y molías café temblando de fiebre.
El vendaval afilaba una brizna asesina.)
Se ilumina el horizonte por la Verdegueira.
Cruzan los tordos.
Con cola granate llega otro ocaso
gritando entre los matorrales.
(Moncelos, 8 de octubre de 2003)
Las playas aparecen
tras un bostezo
ilimitado
del desierto.
Una virgen abrió la mano
y sembró
un recuerdo,
un instante de niño.
Tú rezabas a su lado
y movías oscuro
de una mano a otra mano
tu estampita de la Dolorosa.
Y no la mirabas de frente.
Temblabas
porque lo sabías:
«Otro cielo
puebla su pupila.»
Hay huesos sin perro en la ciudad muda
y ríos pálidos
como ángeles verticales
la atraviesan.
Vidas
cayéndose
terminan su círculo: amurallan
tus manos
estrelladas
y sólo queda el árbol vivo:
un dios extraño
entre la estantigua y la piedra.
Una mañana dijiste:
«Todos los espejos
esconden náufragos.»
Al fin de la batalla te sacudiste los relojes.
Y a tus grilletes de hierro de los brazos,
y a tu figura larga
y flaca
y amarilla,
y a tus símbolos para la llama (¿la ternura
del fuego?),
les nacieron alondras de luz
llenas de rosas.
Pero tu tristeza no descansa: arde
en el centro
de la noche
como una flor oscura
sonriendo al alba;
es un ciervo
que respira
dolorosamente.
Ahora
herido de pureza
reposas
junto a otros hombres
en los pabellones blancos
y recoges
con tus largos dedos la mañana
donde comienza la lluvia.
Y danzas frente a mi sueño
como
un búcaro del color de la aurora
o una lámpara de oro.
Pues la muerte desciende al fondo de la piedra
por tus grandes ojos
y asciende,
transparente del frío,
la ola espejeante
entre los arrecifes.
Llorabas al cortar madera
y pensar en el fuego.
Lloraste,
y casi en silencio, dijiste:
«Puedo olvidar tu nombre
pero un solo rostro está vivo en mis ojos.»
viernes 27 de febrero de 2009
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